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| Miguel Ángel Villalobos |
ESPIONAJE
SETENTERO
Aprovechando
su salida en DVD –y dada la anemia de la cartelera actual- nada mejor que
recomendar esta semana una película tan excelente como “El Topo”. Facilón
título en español de “Tinker, Tailor, Soldier, Spy”, la nueva adaptación de una
de las mejores novelas de espías del siglo XX; obra del clásico en estas lides
John Le Carrè. Una obra perteneciente a la larga serie de novelas
protagonizadas por el crepuscular y, en apariencia, pusilánime agente George Smiley.
Por supuesto está ambientada a primeros de los años 70 y resulta una fascinante
recreación fílmica de una novela que ya era una fiel aproximación a un tema tan
interesante como el del espionaje durante la guerra fría. El servicio de
inteligencia británico se enfrenta a una de sus mayores crisis al ser detectado
un “topo” que está pasando información privilegiada al enemigo, los soviéticos.
Como eje de la trama una canción infantil, a la que se alude en el título real
del libro/film, al más puro estilo Agatha Christie y que, de hecho, incluye un
absorbente “crescendo” dramático en la busca y captura del topo; en una
hechizante sucesión de pistas falsas, sospechosos e intervenciones de los
propios rusos. Todos ellos tópicos del mejor cine de género que Tomas
Alfredson sabe hacer salpicar en una
narrativa densa y absorbente.
“El
Topo” ya contaba con una mítica versión televisiva para la BBC que duraba las
suficientes horas como para contar la historia del libro al detalle, y que como
extra tenía al gran Alec Guiness interpretando al agente Smiley. Un auténtico
reto para el director compactar en una trama de dos horas un material tan
recargado y legendario, pero del que sale con nota. El sueco Alfredson ya logró
sorprender a la platea con su anterior incursión en el cine vampírico, “Déjame
Entrar”, cuya frialdad y tono pausado a veces me resultaron un tanto
irritantes, a pesar de la voluntad de su autor por hacer algo medianamente
original en el género. Pero curiosamente esa frialdad viene como anillo al dedo
para retratar el deshumanizado y peligroso mundo del espionaje de altos vuelos
de la empresa Chaos; y la paradoja es que los personajes –llenos de matices-
acaban haciéndose muy humanos a pesar del gélido entorno. La cámara cimbrea a
través de los entresijos de la compañía hasta su misma fuente y a ese respecto
son fascinantes los planos desde dentro del montacargas, que tantos documentos
vitales pasa de piso en piso. La historia nos lleva de un lado a otro de la
agencia –además de pasearse por un par de localizaciones internacionales- para
retratar un sistema duro y burocrático en el que nadie puede confiar en nadie.
En el que poder y honor son dos herramientas no siempre complementarias
Los
actores son todos de auténtico lujo, en un ABC de algunos de los mejores
intérpretes británicos de la actualidad. Tom Hardy y Benedict Cumberbatch
aportan la excelente frescura de las generaciones más recientes mientras que
Jonh Hurt, Toby Jones o Colin Firth aportan su sapiencia y experiencia en todo
tipo de escenarios para hacer creíbles a sus torturados personajes. Hay que
hacer especial mención al atormentado agente retirado al que da vida Mark
Strong. Un intérprete que se ha encasillado en demasiados papeles de villano,
que aquí sin embargo compone un personaje de breve intervención pero realmente
clave. Aunque desde luego el film no sería el mismo sin la participación de
Gary Oldman dando vida al mítico agente Smiley. La miopía de los Oscars pasó
por alto este gran logro. A pesar de haber sido al menos recompensado con una
nominación, Oldman merecía mucho más. Su interpretación es sobria, triste,
electrizante, espectacular en su desnudez y carente de histrionismos de pega
–con los que tanto se le asoció a este gran actor en el pasado-, en una
sucesión de gestos y miradas que le convierten en el Smiley definitivo. Con
todos los respetos al señor Guiness, por supuesto.


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