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| Miguel Ángel Villalobos |
MALDICIONES
Y DESPERTARES
En
el campo del terror sobrenatural más clásico hemos vivido un renacimiento
reciente, que cubre una necesidad bastante añorada por los verdaderos
aficionados a las buenas historias de fantasmas. El problema viene cuando en realidad
no se cubre esa pulsión, por muchas buenas intenciones que tenga el proyecto de
partida. La casi siempre interesante BBC produce para el cine “La Maldición de
Rookford”, una entretenida historia de apariciones espectrales ambientada a
primeros del siglo XX en la campiña inglesa, concretamente en un internado para
niños. Un par de extrañas muertes y los rumores sobre la aparición de un
infante muerto hace años, llevará a uno de los profesores a requerir la ayuda
de una famosa investigadora de lo desconocido, experta en destapar fraudes
paranormales, falsas sesiones de espiritismo y demás supercherías relacionadas
con los muertos. Hay susurros, inquietantes presencias acechando a las espaldas
de los protagonistas y una atmósfera manierista llena de matices. Todo
interesantísmo, todo muy bonito. Pero poco más.
El
problema de “La Maldición de Rookford” no es desde luego su tempo durante todo
el metraje, las interpretaciones de los actores, ni desde luego su diseño
formal (vestuario, dirección artística decorados), pues todos esos elementos
están a un nivel muy decente tirando a alto. A pesar de algún momento de
flaqueza en el ritmo, el film se pasa en un suspiro y consigue mantener cierto
interés incluso en los momentos más previsibles, gracias a reflejar un contexto
histórico fidedigno realmente propicio para estas historias de fantasmas de
salón. Pero es eso precisamente lo que acaba decantando la balanza a favor del
no y deja un sabor agridulce al término del metraje. El film, dirigido con
pericia pero sin demasiada personalidad por el televisivo Nick Murphy, plantea
una fascinante reflexión sobre la paranoia ocultista –y concretamente
espiritista-, que asoló a las islas británicas en un periodo tan sensible como
el de entreguerras. Por desgracia un planteamiento tan sugerente, implícito en
pinzeladas desperdigadas sin ton ni son por todo el metraje -el pasado bélico
del personaje interpretado por Dominic West, la vergüenza psicótica del
jardinero por no haber ido a la guerra, el deseo de los cientos de almas que
buscaron en el espiritualismo una esperanza de volver a comunicarse con sus
seres queridos del más alla-, todo ello no son más que aleatorios elementos de
un marco que prefiere enfocar una tópica trama de espectro trágico víctima de
un trauma en vida. Y por supuesto la sorpresa final que une el destino de la
protagonista a la amenaza oculta de la casa (caserón en este film), en la peor
tradición de bodrios como “La Morada” o “El Orfanato”.
Asi
que al final ni la trama de misterio es tan importante, además de ser
adivinable sin demasiado esfuerzo, ni los detalles de verdadera enjundia logran
sobreponerse a una historia excesivamente deudora de ciertos clichés y “sustos”
más propios del terror moderno que del clásico que se supone quiere reivindicar.
Por supuesto que, en ese ámbito, la comparación con el petardeo histriónico de
algunas escenas de la reciente “La Mujer de Negro” hace que “La Maldición de
Rookford” suba muchos enteros. Ojala todas las películas de espectros actuales
se dedicaran a construir una tensión creciente tan lograda como en este film.
En ese punto debemos reivindicar hallazgos tan estimulantes como el de la casa
de muñecas cuyos inquilinos de trapo cambian de posición (y aumentan en número)
de forma sutil. Pero a pesar de su clasicismo e interés, no se puede evitar
pensar que con tales mimbres –unidos a una cierta reflexión filosófica sobre el
mundo de los muertos-, podríamos haber estado ante una de las películas
espectrales más interesantes del yermo panorama actual. Y que, por desgracia,
se queda a medio gas, en una tierra de nadie tan vaporosa y sin alma como los
personajes que se pasean por ella.


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