lunes, 11 de junio de 2012

BLANCANIEVES Y LA LEYENDA DEL CAZADOR

Miguel Ángel Villalobos




BATIBURRILLO INFAME PARA MENTES DÉBILES

Analicemos de nuevo un estreno de moda, porque además en este hay bastante tela que cortar. Tras haber sufrido hace unos meses la infantiloide y estúpida “Blancanieves” de Tarsem Singh, ahora toca pasar por la tortura de una nueva versión del clásico cuento. Y si aquella parecía más dirigida para menores de siete años y parejitas en busca de dulzor romántico, esta nueva “Blancanieves y la leyenda del Cazador” está milimétricamente diseñada para ser un estreno fuerte para el verano que atraiga, por encima de todo, al público adolescente que pierde su tiempo con chorradas como “Crepúsculo” y mezclarlo con otras sagas juveniles que pueden interesar también a los adultos, caso de “El Señor de los Anillo” o “Harry Potter”. ¿Y cómo hacemos esto? Con simple y puro plagio estético y argumental. Con una trama que viene a ser la misma historia de Blancanieves de toda la vida, el debutante –y verdísimo- director Rupert Sanders coge la batuta de un film gestado y desarrollado en la mesa de los productores con la única expectativa de coger cuantos más billetes mejor. Independientemente del resultado artístico. Por supuesto no hay nada en todo el metraje que sugiera que esto es una versión más oscura y adulta del cuento –como si lo fue la versión de Sigourney Weaver de los noventa-, sino que todo el toque siniestro es simplemente adornos de negro sobre una tarta de rosado azúcar.

Todo en la película es equivocado, muy equivocado. Ni hay una verdadera atmósfera ni un diseño de escena coherente –pasamos de claroscuros góticos a bosquecitos dulzones en cuestión de segundos-, ni una progresión fluida de acontecimientos, dado que todo es, además de tópico, aburrido y sin chispa. Además el guión es poco más que el cuento clásico de los Grimm adornado con batallitas directamente extraídas de la tierra media y una hechicera mezcla de Voldemort y Cruella de Vil. Y hablando de ella, Charlize Theron –que a priori era lo único interesante del film- pasea palmito con trajes a cada cual más hortera y construye su personaje a base de sollozos gratuitos y arranques de mala pécora. Su presencia está totalmente desaprovechada hasta el punto que parece un cameo, con su hermano malvado cogiendo casi más protagonismo que ella. Imposible reprimir una carcajada cuando el “espejito, espejito” informa a la aviesa reina que Blancanieves la va a superar en belleza, cuando resulta que Blancanieves está interpretada por la insípida, absurda, anti carismática y fea Kristen Stewart, contratada con la única intención de atraer a los fans de la repulsiva saga de los vampiritos “gayers” y recaudar más dinero. Yo soy la reina y devuelvo el espejo al Ikea, por defectuoso. El lamentable papel de la Stewart nos hace preguntarnos cómo es posible que en el entramado de Hollywood –en el que trabajan cientos y cientos de productores, directores de casting, productores etc…- se piense que esta pánfila de los veinte duros puede llevar el peso de una película. Verla mirar al infinito con su bizquera y su boca eternamente abierta en una expresión “borderline” llega a ser casi doloroso en algunas escenas. Especialmente al final, cuando emulando a la “Alicia” de Tim Burton –vaya tela esa también- se viste con una armadura, lidera a un ejército y entra en guerra dando mandobles a diestro y siniestro, cuando no ha sido entrenada en ninguna de esas disciplinas en toda la película. Surrealismo infame.

Así pues tenemos batallitas “anilleras”, una de ellas incluyendo un orco –un buen diseño de bicho, despachado en dos minutos- un poco de cámara lenta para los fans de la serie “Espartaco” y actores que parecen muñecos deambulando por la historia sin rumbo fijo. Chris Hensworth repite su papel de Thor, al que añade algunos toques propios de Conan (y que, cuando menos te lo esperas, puede soltar un discurso más azucarado que los de Meg Ryan) y ya tenemos ¿personaje? La aparición del espíritu del bosque en forma de ciervo hiper-cornudo es un rastrero plagio de “La Princesa Mononoke”. Hay también una especie de tensión de trío amoroso entre el príncipe, Blancanives y el cazador (quizás intentando evocar las famosas estupideces de la Stewart con el vampiro y el lobito), pero al igual que con el resto de elementos argumentales es casi de adorno, sin profundizar en el tema lo más mínimo. Todo en el guión es rutina y desgana de unos autores y actores que ni ellos mismos se creen lo que están haciendo. Lo único salvable es alguna escena en la que intervienen los enanos –que son todos ellos grandes actores ingleses cuyas cabezas han sido insertadas digitalmente en cuerpos de gente pequeña-, pero ellos también están desaprovechados, hasta el punto que la importancia de su intervención se reduce a… ¡¡Abrir una puerta!! Cuando lo vi no me lo creía. Una batalla aburrida, una lucha final con la bruja totalmente anticlimática  y un epílogo de vergüenza ajena terminan coronando una espectacular montaña de desechos químicos que, eso sí, seguro que consigue recaudar billetes a porrillo. Y es que en una época en la que cada vez se reduce más en educación, más mentes débiles podrán llenar las salas y entregar su dinero a la nada más absoluta.

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