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| Miguel Ángel Villalobos |
BATIBURRILLO
INFAME PARA MENTES DÉBILES
Analicemos
de nuevo un estreno de moda, porque además en este hay bastante tela que
cortar. Tras haber sufrido hace unos meses la infantiloide y estúpida
“Blancanieves” de Tarsem Singh, ahora toca pasar por la tortura de una nueva
versión del clásico cuento. Y si aquella parecía más dirigida para menores de
siete años y parejitas en busca de dulzor romántico, esta nueva “Blancanieves y
la leyenda del Cazador” está milimétricamente diseñada para ser un estreno
fuerte para el verano que atraiga, por encima de todo, al público adolescente
que pierde su tiempo con chorradas como “Crepúsculo” y mezclarlo con otras
sagas juveniles que pueden interesar también a los adultos, caso de “El Señor
de los Anillo” o “Harry Potter”. ¿Y cómo hacemos esto? Con simple y puro plagio
estético y argumental. Con una trama que viene a ser la misma historia de
Blancanieves de toda la vida, el debutante –y verdísimo- director Rupert
Sanders coge la batuta de un film gestado y desarrollado en la mesa de los
productores con la única expectativa de coger cuantos más billetes mejor.
Independientemente del resultado artístico. Por supuesto no hay nada en todo el
metraje que sugiera que esto es una versión más oscura y adulta del cuento
–como si lo fue la versión de Sigourney Weaver de los noventa-, sino que todo
el toque siniestro es simplemente adornos de negro sobre una tarta de rosado
azúcar.
Todo
en la película es equivocado, muy equivocado. Ni hay una verdadera atmósfera ni
un diseño de escena coherente –pasamos de claroscuros góticos a bosquecitos
dulzones en cuestión de segundos-, ni una progresión fluida de acontecimientos,
dado que todo es, además de tópico, aburrido y sin chispa. Además el guión es
poco más que el cuento clásico de los Grimm adornado con batallitas
directamente extraídas de la tierra media y una hechicera mezcla de Voldemort y
Cruella de Vil. Y hablando de ella, Charlize Theron –que a priori era lo único
interesante del film- pasea palmito con trajes a cada cual más hortera y
construye su personaje a base de sollozos gratuitos y arranques de mala pécora.
Su presencia está totalmente desaprovechada hasta el punto que parece un cameo,
con su hermano malvado cogiendo casi más protagonismo que ella. Imposible
reprimir una carcajada cuando el “espejito, espejito” informa a la aviesa reina
que Blancanieves la va a superar en belleza, cuando resulta que Blancanieves
está interpretada por la insípida, absurda, anti carismática y fea Kristen
Stewart, contratada con la única intención de atraer a los fans de la repulsiva
saga de los vampiritos “gayers” y recaudar más dinero. Yo soy la reina y
devuelvo el espejo al Ikea, por defectuoso. El lamentable papel de la Stewart
nos hace preguntarnos cómo es posible que en el entramado de Hollywood –en el
que trabajan cientos y cientos de productores, directores de casting,
productores etc…- se piense que esta pánfila de los veinte duros puede llevar
el peso de una película. Verla mirar al infinito con su bizquera y su boca
eternamente abierta en una expresión “borderline” llega a ser casi doloroso en
algunas escenas. Especialmente al final, cuando emulando a la “Alicia” de Tim
Burton –vaya tela esa también- se viste con una armadura, lidera a un ejército
y entra en guerra dando mandobles a diestro y siniestro, cuando no ha sido
entrenada en ninguna de esas disciplinas en toda la película. Surrealismo
infame.
Así
pues tenemos batallitas “anilleras”, una de ellas incluyendo un orco –un buen
diseño de bicho, despachado en dos minutos- un poco de cámara lenta para los
fans de la serie “Espartaco” y actores que parecen muñecos deambulando por la
historia sin rumbo fijo. Chris Hensworth repite su papel de Thor, al que añade
algunos toques propios de Conan (y que, cuando menos te lo esperas, puede
soltar un discurso más azucarado que los de Meg Ryan) y ya tenemos ¿personaje?
La aparición del espíritu del bosque en forma de ciervo hiper-cornudo es un
rastrero plagio de “La Princesa Mononoke”. Hay también una especie de tensión
de trío amoroso entre el príncipe, Blancanives y el cazador (quizás intentando
evocar las famosas estupideces de la Stewart con el vampiro y el lobito), pero
al igual que con el resto de elementos argumentales es casi de adorno, sin
profundizar en el tema lo más mínimo. Todo en el guión es rutina y desgana de
unos autores y actores que ni ellos mismos se creen lo que están haciendo. Lo
único salvable es alguna escena en la que intervienen los enanos –que son todos
ellos grandes actores ingleses cuyas cabezas han sido insertadas digitalmente
en cuerpos de gente pequeña-, pero ellos también están desaprovechados, hasta
el punto que la importancia de su intervención se reduce a… ¡¡Abrir una
puerta!! Cuando lo vi no me lo creía. Una batalla aburrida, una lucha final con
la bruja totalmente anticlimática y un
epílogo de vergüenza ajena terminan coronando una espectacular montaña de
desechos químicos que, eso sí, seguro que consigue recaudar billetes a
porrillo. Y es que en una época en la que cada vez se reduce más en educación,
más mentes débiles podrán llenar las salas y entregar su dinero a la nada más
absoluta.


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