jueves, 22 de marzo de 2012

ESTO ES LA GUERRA

Miguel Ángel Villalobos



LA GUERRA POR LA RUBIA
Cual Paris y Aquiles se pelean dos espías de superlujo en esta cara y entretenida comedia. Si el premio en la guerra de Troya era el amor de Helena, aquí la tosca situación se reduce a conseguir los favores de Resse Witherspoon, la reina de las comedias románticas actuales. Y es que “Esto es la Guerra”, a pesar de contar con dos actores de relumbrón como Chris Pine y Tom Hardy, no es más que la enésima mezcla de risas embobadas y sentimentalismos “pastel” destinada a llevar a las parejas en innumerables hordas a sacar su entrada de cine. Es decir que aunque la situación de enredo podría recordar a cintas como “El Sr. Y la Sra. Smith” o “Cuidado con la Familia Blue”, me temo que al final la cosa se acerca más a “Killers”, de reciente estreno, y que ya contó con la otra reina de las comedias románticas actuales, Katherine Heigl. La cosa es meter la típica trama de enamoramientos, desenamoramientos, morritos y peleas de pareja, mezclada con otro tipo de peleas. En este caso tiroteos, explosiones, persecuciones destructivas en coche y artes marciales tutiplén.
Una cosa cambia con respecto a “Killers”, si en aquella teníamos como protagonista masculino a un actor tan lamentable como Ashton Kucher, en “Esto es la Guerra” la propuesta se dignifica con Pine y Hardy. Dos actores excelentes –especialmente el último- que aquí se dejan llevar por una historia de equívocos y celos insertada en un entorno de espionaje tecnificado. Como si a James Bond le diera de repente por querer enchocharse de por vida con la primera rubia que aparece, en lugar de dejarse llevar por su libido. Es lo que les pasa a los dos agentes secretos interpretados por Pine y Hardy, que lo que empieza como una bromita entre camaradas acaba en una divertida guerra por conseguir el afecto de la dichosa Whiterspoon. No escatimarán micrófonos de escucha, seguimientos por cámara, disfraces y puñaladas traperas para hacerle la puñeta al contrincante y quedarse con el premio. Es evidente que con tanto “gag” alguno encontramos que tiene bastante gracia.
La solícita rubia no sabrá a qué carta quedarse viendo la planta y simpatía de los dos maromos. Y mientras tanto, de forma intermitente, se nos cuenta una sub-trama en la que ambos mega-espias tienen que detener a un peligroso terrorista alemán –Til Schweiger en su quinceavo, o por ahí, papel de malo- que al final resultará definitoria para ver con cuál de los dos guayabos se queda la rubia, una vez se quite el cuajo de encima. Eso sí, la cosa se reduce a un prólogo lleno de acción en un rascacielos y a una persecución en bólidos final, porque durante el resto de metraje la trama del criminal alemán nos importa un pimiento. Chascarrillos, carisma actoral y una dirección plana pero fluida. No es buena, pero tampoco dan ganas de suicidarse después de verla. Que con el estado del cine actual, ya es mucho.





miércoles, 21 de marzo de 2012

JOHN CARTER

Miguel Ángel Villalobos




EL SOLDADO DE PLOMO, LA PRINCESITA Y LOS MARCIANOS

¡Ay, señor, señor! Con lo fácil que parecía adaptar a John Carter al cine. Tenemos una saga de nóvelas todas ellas casi películas en sí mismas, llenas de acción, romance, personalidad propia y calidad a raudales. No en vano fueron firmadas por Edgar Rice Burroughs, que ya había entregado otro icono de la cultura popular en su creación de Tarzan. Además con un reparto de personajes memorable como pocos: El propio John Carter, un curtido excombatiente de la guerra de secesión y su novia alienígena, la sexy y carismática Dejah Thoris. Conflictos entre facciones enfrentadas – ¡y encima una de ellas está formada por marcianos verdes de dos metros y cuatro brazos!-, el sentido de la maravilla propio de la literatura de primeros del siglo XX y la posibilidad de hacer al fin justicia fímica a una saga que ha sido una de las mayores influencias en el cine de fantasía y aventuras de la historia. Tanto “Star Wars” como “Avatar” han copiado cientos de elementos de “John Carter”, y los poderes que adquiere el propio Carter al llegar a Marte –debidos a la gravedad del planeta- le convierten también en el principal precedente de Superman, y por ende, de todo el género superheróico.
Por eso da tanta lástima que este glorioso legado no hay sido del todo aprovechado en esta primera película del personaje. El film que dirige Andrew Stanton es entretenido, consigue mantener la atención casi en todo momento –y digo “casi” debido a un par de estridentes bajones de ritmo- y tiene un diseño formal (y de efectos especiales) de los de quitarse el sombrero. PERO –y estamos ante un pero así de grande- hay un par de fallos de guión y, sobre todo, de casting que pueden resultar en una experiencia no todo lo satisfactoria que debería haber sido, cuando no directamente fallida. Lo primero es apabullar con personajes y elementos desde los primeros minutos, que en lugar de agarrar al espectador por medio de cierta exposición narrativa, se dedican a acumularse unos sobre otros pudiendo llevar al aturdimiento y, lo más grave, al desinterés. El personaje de Carter es llevado de la tierra a Marte (o Barsoom, como se dice allí) y se ve metido siempre en el meollo de cientos de situaciones frente a las que apenas reacciona, dejándose llevar de una “set-piece” a otra, como si de un videojuego se tratara sin demasiado desarrollo de su personalidad o motivaciones. La historia además, quitando un par de detalles oscuros, acaba pecando de exceso de simplicidad. No llega del todo al infantilismo, pero sí que no aprovecha multitud de elementos interesantes que podrían haber enriquecido la adaptación (el pasado bélico de Carter, el choque cultural, la matanza entre los distintos pueblos y las conspiraciones en la sombra…), quedándose sencillamente en una sucesión de peleas y rescates de princesas que nos recuerda que la productora del film es la mismísima Disney.
Pero lo peor de todo es sin duda la elección de los personajes principales. Lynn Collins está correctita tirando a insípida en el papel de Dejah Toris, pero es que lo de asignar el papel principal y motor de la película a un intérprete no solo tan justito, sino además tan soso como Taylor Kitsch, eso ya sí que no tiene nombre. Kitsch pasea sus músculos sin carisma con un único gesto facial en toda la película, mientras cualquiera de sus actores secundarios –especialmente James Purefoy, Mark Strong y hasta el perro marciano mutante- tienen más empatía con el espectador y con lo que cuenta la historia. En definitiva estamos ante un divertimento intrascendente que no hace llevarse las manos a la cabeza, pero tampoco consigue llegar a emocionar más allá de un par de aislados momentos. A pesar de la impresionante factura técnica y –a ratos- artística, las maravillosas novelas de Burroughs merecían mucho más.




lunes, 19 de marzo de 2012

INDOMABLE

Miguel Ángel Villalobos



INDOMABLE E INSOPORTABLE

Cuando Steven Soderbergh, director de filiación normalmente “gafapasta” –es decir, vanguardista, personal o de autoría “exótica”- anunció que iba a rodar una película de acción, me recordó a la tendencia de otro director igualmente postmoderno (y de apellido igualmente impronunciable), llamado Darren Arronowsky. Esa especie de autosuficiencia en plan “soy un creador que se adapta a cualquier género”. Mientras que Arronowsky ha hecho cine independiente, de ciencia-ficción o de suspense (y todos los ha realizado igual de mal), Soderbergh comenzó con una original cinta independiente, “Sexo, Mentiras y Cintas de Video”, para después derivar entre la frescura de “Ocean´s Eleven” o los tostonazos como “Solaris”. ¿Cuál ha sido la tendencia que ha imperado en esta nueva “Indomable”, vehículo para la luchadora “fitness” Gina Carano? Pues desgraciadamente el del tostonazo con destellos.
Los destellos son, de hecho, las escenas de acción. La tal Carano –luchadora de la cantera de los “American Fighters” aquellos, que algunos veíamos como borregos hace siglos cuando aun reventábamos granos-, se mueve como una pantera y nos regala con algunas acrobacias “ostiadoras” de las de quitarse el sombrero. Ropa ceñida y algún que otro escote, dejan a las claras que la película está hecha para su exclusivo lucimiento y no para contar una historia. ¡Ah, Steven, Steven…! Si querías debutar a lo grande en el cine de acción, ¿No podías haberte buscado al menos un guión en condiciones? “Indomable” es una sucesión tópicos, diálogos “borderline” y situaciones absurdas que puede provocar la hilaridad del más pintado. No es ya que la trama argumental –de espionaje de los veinte duros- sea una chorrada monumental mil veces vista (¿Cuántas veces más va a traicionar una organización secreta a su propio agente?), es que encima el plantel de actores secundarios, que es de lujo, se dedican a poner caras de palo durante todo el film y a cobrar al final del rodaje. Solo así se explica que Michael Douglas, Antonio Banderas, Ewan McGregor y hasta el mismísimo Michael Fassbender estén para apalizarlos.
Lo más divertido son los toques “vanguardistas”. Contando la ¿historia? con un tono profundo y de gravedad supina, Soderbergh cae en el mayor de los ridículos. Desarrollo plomizo, montaje sincopado con cortes y “flash-backs” en blanco y negro que pueden invitar al sopor, cuando no al cachondeo más indiscriminado (mirad si no el petardo arranque con un villano siendo perseguido y que aparece en blanco y negro y cámara lenta cada vez que le enfocan). Detalles de tendencia “nouvelle vague”, como por ejemplo las miradas al vacio y la espantosa música, unidos a un “anti-climax” propio de un director novel, son el “summun” de una experiencia lamentable que nos hace desear que Soderbergh vuelva a su cine habitual, por irregular que sea. O eso, o que cumpla su amenaza de hace unos años. La de que se iba a retirar.






viernes, 16 de marzo de 2012

LA INVENCIÓN DE HUGO

Miguel Ángel Villalobos





CINEFÍLIA NOSTÁLGICA

En esta semana de Oscars se suele decir que “La Invención de Hugo” ha sido la ganadora “por puntos técnicos”. A pesar de haberse llevado el mismo número de galardones que la –en mi opinión sobrevalorada- “The Artist”, todos ellos han sido de la propia tramoya del cine (sonido, efectos, diseño, etc…) y ninguno artístico, que los ha acaparado la muda cinta francesa. Aunque tengo que reconocer que hace años que opino que los Oscars son una farsa más de las que Hollywood pone en práctica para recaudar sus buenos cuartos, lo cierto es que en el caso del último film de Scorsese han acertado de pleno. Esta adaptación del best-seller juvenil “La Invención de Hugo Cabret” es tan portentosa técnicamente como sosísima en el plano artístico y, sobre todo, emocional. Es innegable que la historia de este huérfano que vive oculto entre los engranajes del reloj de la estación de Paris tiene algunos momentos de espectáculo que quitan el aliento. Por desgracia, el símil que se me ocurre para definir la experiencia es el de ver una marioneta hermosísima… pero sin hilos.
Y es una pena, porque al igual que toda película de Scorsese, todo lo demás –sin contar la historia, que ya parte de un material literario interesante pero algo vacío- es una maravilla continua en su uso de los efectos especiales y de un 3D que, esta vez sí, está plenamente justificado. Es casi imposible ponerle trabas a un cineasta que ha entregado una filmografía tan llena de obras prodigiosas. Quizás el problema venga del propio guión, que comienza contando la historia de Hugo de forma rápida y descompensada, como en esa sucesión de escenas en las que le vemos quedándose huérfano y, sin embargo, se pasa de puntillas por el asunto sin emoción alguna. Después conoce a un misterioso juguetero que resultará ser el mítico Georges Meliès –pionero del cine y sin duda verdadera razón por la que Scorsese se embarcó en este proyecto-, el cual comienza a acaparar metraje restando importancia a un Hugo que cada vez nos importa menos. Todo esto empeorado por una serie de personajes secundarios no solo sin carisma, sino que incluso a veces nos lleva a preguntarnos qué diablos pintan en todo esto. Especialmente lamentable el personaje de una desaprovechada Chloe Moretz, en teoría co-protagonista junto a Hugo, pero que acaba perdida en una indefinición progresiva que la acaban reduciendo a la categoría de florero. Lo mismo se podría decir del gendarme que vigila la estación, interpretado por el polémico Sasha Baron Cohen. A pesar de que es uno de los pocos personajes a los que se les intenta buscar algo de sentido a sus acciones, es simplemente usado como alivio cómico en unas escenas que más que risa, dan pena.
¿Con que nos quedamos entonces? Con casi toda la parte que se dedica a reconstruir el pasado de Meliès y su impagable aportación en los comienzos del cinematógrafo –Scorsese no puede aquí evitar reservarse una vez más un cameo, haciendo de fotógrafo decimonónico, tal como ya ocurriera en “La Edad de la Inocencia”-. A pesar de estar llena de tópicos, es esta la única sección del film que demuestra amor por los personajes y cierta gracia. Un momento mágico que muestra lo que “La Invención de Hugo” podría haber sido de haberse planteado de otra manera. Por desgracia este pequeño oasis llega demasiado tarde. Y en un momento en que la película llevaba ya demasiado tiempo a la deriva, acumulando una alarmante sucesión de tiempos muertos que pueden inducir fácilmente al bostezo. Es una pena que el mismísimo Scorsese, quizás el único que podría haberle dado patina de calidad a la dichosa moda del 3D, acabe cayendo en el mismo error que la mayoría de sus valedores actuales: Dejarse llevar por la fanfarria técnica y los efectos especiales antes que por el corazón de la historia que se está contando. Así pues, como espectáculo y para incondicionales del 3D la película es imprescindible, pero para los que busquen una trama emocionante lo cierto es que deja mucho –dolorosamente-, mucho que desear.


jueves, 15 de marzo de 2012

LA MUJER DE NEGRO

Miguel Ángel Villalobos




SUSTOS RURALES

La adaptación más moderna de la clásica “La Mujer de Negro” de la escritora británica Susan Hill, supone una de las primeras producciones de la mítica –y difunta desde hace décadas- Hammer Films. Tras dos películas de bajo presupuesto y el remake de “Déjame Entrar”, esta nueva “Woman In Black” parece un intento de la nueva (vieja) productora por reverdecer los laureles de terror gótico que entre los años 50 y 70 les llevó a lo más alto del horror fílmico, tanto en taquilla como en aceptación crítica. Nadie va a dudar a estas alturas que los films de Terence Fisher o John Gilling y que protagonizaron Christopher Lee o Peter Cushing son pura gloria del género, y que el uso del nombre “Hammer” para una productora de películas modernas parece un poco ridículo por mucho que estos señores tengan los derechos de dicho nombre. Pero al fin y al cabo lo que queda es la película y, aunque sabemos que no habrá nada remotamente parecido a las bondades de aquellos míticos largometrajes, encaramos “La Mujer de Negro” sin prejuicios.
Y a lo mejor esa falta de prejuicios –o de expectativas, según se mire- es beneficiosa para el producto final. La historia es el clásico descubrimiento gradual de un misterio fantasmagórico que sigue encantando una vieja y siniestra casa de campo. Pero este remake de “La Mujer de Negro” –que ya contó con una muy buena versión televisiva en 1989- es un film tremendamente soso, que no consigue captar buena parte de la gracia de las historias de fantasmas clásicas. Sí, la interpretación de un Danniel Radcliffe “post-Potter” es parte de ese tono laxo que inunda la cinta, pero ni el chaval lo hace tan mal ni tampoco tan bien. Se queda, al igual que el resto de elementos (guión, dirección, efectos, etc…) en un distante segundo plano frente al despliegue de trucos de ordenador, que empiezan siendo efectivos toques para aumentar la inquietud de la historia y acaban apabullando un poco. La trama propone una intriga absorbente, aunque simplificada y mascadita para que nadie se pierda y que incluye varios personajes que parecen más pasados de vueltas que realistas.
No obstante la historia fluye como debe, sin respiro, incluyendo algunas escenas muy conseguidas, de las que podríamos destacar el prólogo. Tres niñas jugando, una habitación llena de inquietantes juguetes y una tenue presencia consiguen meternos de lleno en la historia. Y también hay que reconocer el mérito de la parte final, que consiste en el protagonista totalmente solo durante al menos tres cuartos de hora de metraje. En un clima como el actual, en el que parece que hay que sobrecargar con tramas, personajes y metrajes imposibles en los que pasan mil cosas absurdas, es de agradecer encontrarte un film que apenas dura hora y media y en el que buena parte del argumento consiste en un personaje enfrentándose en soledad a ciertos demonios. Pese a todo no encontramos aliento teatral y sí una enorme cantidad de sustos. Algunos son efectivos y bien pensados, otros son tramposos y ridículos; igual que buena parte del guión y los personajes –lamentable la médium improvisada-, e incoherente ese ambiguo final. Pero en fin, estamos en una época en la que el cine de terror es sinónimo de chiquillada, así que para mantener a los jóvenes contentos hay que apabullar con golpes musicales, espectros vengativos lanzándose hacia la cámara y una atmósfera más propia de la acción que del melodrama gótico.





martes, 13 de marzo de 2012

SILENCIO EN LA NIEVE

Miguel Ángel Villalobos




UN GÉLIDO Y NEVADO ABURRIMIENTO

Se nos recuerda continuamente en reseñas, entrevistas y demás campaña promocional de este “Silencio en la Nieve” de Gerardo Herrero, que el tema que trata –La División Azul, escuadra de españoles enviados al más crudo invierno ruso para luchar junto a los Nazis- no había sido apenas tratado en la cinematografía española; a diferencia de la sempiterna Guerra Civil de la cual hemos sufrido un recreación anual. Sin embargo, el hecho de que el film de Herrero trate ese oscuro (y podríamos decir que vergonzoso) hecho histórico, no tiene mayor peso en la trama que servir de contexto a una investigación criminal que convierte al film en el clásico “thriller” en territorio bélico. Es la División Azul como podría haber sido el frente chino en la época de las matanzas de Nankin. No solo no existen apenas reflexiones políticas sobre el contexto en el que se mueven los personajes, sino que encima la trama de suspense es tan tópica y sosa que se podría haber emplastado en cualquier periodo histórico. Bélico o no.
Y es una pena, porque el sugerente prólogo, con el descubrimiento del primer cadáver de un misterioso asesino en serie rodeado de un buen número de caballos muertos y congelados, da buenas vibraciones. Así como el posterior comienzo de la investigación del asunto a manos de un ex-inspector de policía con cierto poso de amargura interpretado por Juan Diego Botto, en un campo de batalla rodeado de soldados de los que es difícil fiarse. El problema comienza desde la misma elección del actor protagonista, porque Diego Botto está en este film tan lamentable como ha estado toda su carrera, con esa eterna cara de “poker” y nula capacidad empática. Suerte tiene que le da la réplica un Carmelo Gomez mucho más entonado en su papel del Sargento que le acompaña en la investigación. Bueno, suerte por decir algo, porque la verdad es que se lo merienda actoralmente en cada plano que comparten juntos. Al final este desequilibrio resulta endémico a la propia estructura de la película, que en su cansina e indecisa intriga –salpicada de personajes supuestamente interesantes- termina por aburrir hasta a las ovejas.
Y es que esa es, en última instancia, la verdadera falla del film. La serie de asesinatos que investigan los protagonistas es una mil veces vista trama de venganza con conexiones masónicas –sí, como las clásicas teorías sobre Jack El Destripador- que ni apasiona ni sabe conjugarse bien junto al contexto bélico; por lo que cualquier posible exploración del drama de estos hombres que luchan, algunos debido al entorno que les ha tocado vivir, queda al final desdibujado. Además de presentado de una forma terriblemente superficial, respecto a lo cual es un buen ejemplo la relación del personaje de Botto con una rusa y su hijo, un verdadero pegote insertado para colocar un interés romántico entre tanto soldado masculino. Todo ello –junto a una alarmante falta de ritmo- acaba por resultar desangelado y tan frío como la nieve que rodea a los personajes. Nada que ver con otros films de misterio bélicos tan sólidos como la reivindicable “Saigón” o la entretenida “La Guerra de Hart”.




lunes, 12 de marzo de 2012

MILLENIUM: LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES

Miguel Ángel Villalobos





LISBETH TAMBIÉN HABLA INGLÉS

Podría parecer que estamos ante uno de estos –un tanto lamentables- casos en los que se realiza un remake de un reciente éxito cinematográfico europeo; dado que la adaptación sueca de “Los Hombres que no Amaban a las mujeres” (primer libro de “Millenium”, la trilogía “best-seller”) no está demasiado lejana en el tiempo y rindió tanto en taquilla como su versión libresca, no se puede negar que hay cierta intención por parte de Hollywood de sacar tajada de un éxito casi seguro. Aprovechando, además, el hecho de que el cine europeo suele tener una escasa o nula distribución en los States. Lo cual les ha permitido más de una vez realizar sus lujosas y oportunistas versiones de algo que ya funcionó en otras latitudes y se puede explotar también en territorio anglosajón sin necesidad de estrujarnos demasiado las meninges creativas, claro está. Y aunque algo de eso hay en esta versión U.S.A de las aventuras de la hacker Lisbeth Salander y el periodista Mikael Blomvskit, lo cierto es que la factura técnica, el plantel actoral y la dirección del siempre interesante David Fincher hacen pasar un buen rato aun conociendo la historia de sobras.
Lo admito, fui uno de los que cayó bajo el hechizo de la saga nórdica. Al menos de su primera parte, porque la segunda y tercera entrega me resultaron igualmente legibles pero bastante más mediocres. Así que siempre es un placer volver a disfrutar con otra visión de esa historia que mezcla a Agatha Christie o Conan Doyle con autoras más modernas como Elizabeth George y pasándolas por el tamiz de las nuevas tecnologías, para hablar de corrupción política, intrigas familiares y malos tratos en una Suecia oscura y de ambiente deprimente. La dirección fría y matemática de Fincher –junto a la banda sonora de todo un Trent Reznor- encaja como anillo al dedo en la absorbente trama de intriga que une en su primera aventura a dos personajes tan bien trazados como los protagonistas. Daniel Craig crea un Mikael concentrado, pero con algunos golpes de humor y Rooney Mara tiene la difícil papeleta de hacernos olvidar a Noomi Rapace, la primera Lisbeth Salander. A pesar de que la americana no lo consigue, su interpretación muestra otra cara del personaje igualmente válida y llena de matices. Si Rapace presentó a una Salander más “freak” y agresiva, Mara prefiere concentrarse en la vulnerabilidad y toque autista de la famosa “hacker”.
El enfoque de los personajes y la comparación entre los actores puede trasladarse al propio discurso fílmico de estos dos “Milleniums”. Lo mejor de todo es que a pesar de que adaptan la misma novela, ambas películas pueden ser complementarias. Fincher ha explorado algunos interesantes puntos argumentales que la versión sueca obviaba –ese genial epílogo, por ejemplo- y algunos de los momentos que se repiten están enfocados desde otro punto de vista. Eso le da cierta frescura al film, que transita por caminos trillados pero cuyo pulso narrativo hacen que no aburra casi en ningún momento. El “casi” viene por el tramo final. Fincher ha adaptado tan fielmente el libro de Larsson que incluye un último bloque salido del original literario y que se podría haber evitado con una elipsis. No todo lo que funciona en papel puede trasladarse literalmente a la pantalla. Ningún tipo de cortapisas de tipo violento o sexual son también más que bienvenidos, porque resulta sorprendente que la versión americana –conociendo el habitual puritanismo de los “yanquis”- sea más explícita que la sueca. No es exactamente un “remake”, sino otra adaptación del mismo material de partida. La opción más lógica, y la que Fincher sabiamente ha elegido.



jueves, 8 de marzo de 2012

DRIVE

Miguel Ángel Villalobos




EL CONDUCTOR NOCTURNO

A veces los homenajes fílmicos consiguen trascender su mera condición de “pastiche” para conseguir tocar la fibra no solo de los aficionados a una determinada era –esos tiempos pasados, que por mucho que se diga en efecto suelen ser mejores- sino la de cualquier aficionado al cine con dos dedos de frente. Si en la famosa “The Artist” tenemos un emocionante y excelente, pero en mi opinión vacío homenaje al cine mudo, en “Drive”, la película sorpresa que se ha sacado de la manga el director danés Nicolas Winding Refn, tenemos un vívido y potente recuerdo de porqué el “thriller” de los setenta y ochenta era tan sumamente grande. “Drive” no aporta nada nuevo, al igual que la mencionada “The Artist”, pero lo que en ésta es reconstrucción calculada con la intención de lograr un efecto nostálgico, en la que nos ocupa se trata de dar una contundente patada desde los mejores tiempos del cine de acción y el drama, en las mismas narices del aburrido panorama actual.
Con una estructura salida del “western”, “Drive” cuenta las vicisitudes de un hombre sin pasado que tendrá que volver a usar sus armas y habilidades –que nunca sabemos donde las aprendió- para vengar y defender a las personas que le acogieron. El personaje de un inmutable y letal Ryan Gosling recoge lo mejor de los antihéroes setenteros. Desde la frialdad de Clint Eastwood hasta las miradas rocosas de Steve McQueen, y todo al servicio de un clásico juego de traición en el que un imperturbable especialista de escenas de coches (y conductor de huidas ilegales al servicio del mejor postor) se relaciona con una mujer que vive con su hijo. Un desafortunado incidente con una mafia local –representada por los estupendas interpretaciones de Ron Perlman y Albert Brooks- hará saltar todas las alarmas y pondrá al conductor en el imparable camino de una terrible espiral de traiciones y violencia. No sabemos nada de su pasado, pero viendo su sangre fría no nos imaginamos nada bueno. Eso es lo genial del film. No da explicaciones –ni concesiones- a la galería. Es mejor dejarse llevar por un ritmo sin prisas, pero sin pausas, con una dirección elegante y llena de planos memorables.
Sí. Es una buena película, pero ¿A qué es debido? Me temo que a la propia condición clasicista de la trama y los personajes. La línea argumental y su perfecta mezcla de melodrama, acción y personajes carismáticos nos recuerdan más a Sam Peckinpah que a cualquier cineasta actual. Mención aparte merecen la fotografía y la música, ambas perfectamente insertadas en un relato que, a pesar de estar insertado en nuestra época, podría haberse trasladado a los ochenta sin mayores problemas. Esos colores chillones o gélidos según el momento, y esa banda sonora a base de sintetizadores –reminiscente de las “soundtracks” ochenteras de Tangerine Dream- nos recuerdan al mejor Friendkin, al mejor Mann…. En definitiva al goce estético de una época que, a pesar de irrepetible, puede dar lugar a monumentos tan vigorosos y sentidos como este “Drive”. Un film adictivo como pocos.




martes, 6 de marzo de 2012

SHERLOCK HOLMES: JUEGO DE SOMBRAS

Miguel Ángel Villalobos





JUEGO DE SOMBRAS

Segunda entrega de la “modernización” que el realizador inglés Guy Richie está llevando a cabo de uno de los personajes más relevantes del siglo XX –y de cualquier época- con su habitual ritmo callejero, trepidante y ocurrente. Quien iba a pensar que lo que parecía una falta de respeto absoluta por un clásico intocable de las letras británicas, se iba a transformar en una de las sagas más frescas, divertidas y, porque no decirlo, “sherlockianas” de la historia del personaje. Entrar en el juego de sombras que propone esta divertida secuela es dejarse llevar por un sano toque de folletín histérico, comedia bufa, villanos más grandes que la vida y “pulp” del bueno.
Es cierto que podemos poner más de una pega a la hora de juzgar el carrusel de locuras que propone Richie en este film, pero quizás la más grande que le podemos achacar es su falta de definición. Intenta contentar al público actual más descerebrado y a la vez a los fans más canónicos del personaje; para al final no lograr agradar a ni a unos ni a otros. En taquilla ya ha resultado ser un fracaso –teniendo en cuenta el éxito de la primera- y casi todos los colegas en esto de la adoración “holmesiana” con los que he hablado coinciden en hablar pestes de esta secuela. ¿Y es para tanto? En mi opinión el film de Richie vuelve a fallar en algunos aspectos argumentales, especialmente la inclusión en la trama de un grupo de gitanos que no pintan demasiado y capitaneados por una Noomi Rapace recién salida de la versión sueca de “Millenium”, cuyo personaje podría ser eliminado de la historia y ésta apenas lo notaría. Las “fantasmadas” de pura acción vuelven a ser la norma, así como chistecitos de escaso gusto que parecen incluidos con calzador. Pero por suerte el film mejora al anterior en muchísimos aspectos, especialmente en el de la amenaza a combatir. El sosísimo villano mago de la primera parte –una especie de Aliester Crowley de los veinte duros- es sustituido aquí por Moriarty, el archienemigo por excelencia del famoso detective. Hubiera sido especialmente sangrante que Richie hubiera vuelto a fastidiarla con el villano, así que –empleándose a fondo- tenemos un Moriarty de lujo, tan manipulador, frío y siniestro como en los libros y que en su relación con Holmes respeta esa atractiva dinámica de “respeto/rechazo” que siempre han tenido ambos personajes.
Robert Downey Jr. vuelve a currarse el acento “british” y sigue derrochando carisma con su saltarín Holmes, mientras que Jude Law le da la réplica como uno de los Watson más auténticos vistos en cine. Ambos extraen todo el jugo de una trama de equívocos, explosiones y alocadas peleas que culminan en una media hora final maravillosa. Es en esos instantes (en el último cara a cara entre héroe y villano) cuando más ecos de Conan Doyle encontramos en la propuesta. Sin fuego, patadas ni aspavientos y si con mucho respeto al canon literario del personaje, este final –casi anticlimático- demuestra que por muchas gracietas vulgares, chistes sexuales y artes marciales fuera de tono, la clave a la hora de adaptar a Holmes para nuestro siglo por parte de los responsables de este divertimento ha sido el respeto. Aunque sea un respeto irreverente.



lunes, 5 de marzo de 2012

JANE EYRE

Miguel Ángel Villalobos



EL CLÁSICO CHOQUE DE CLASES

Cuando se plantea rodar de nuevo una historia como “Jane Eyre”, la mítica novela de Charlotte Brönte, no solo hay que estar muy seguro de que se va a adaptar con la fidelidad y riesgo que una obra de tanto calado –y tantos seguidores- merece, sino que hay que bregar con el estigma de que ya se han rodado al menos una docena de versiones anteriores. La historia de la institutriz pobre que logra sustraerse a su conciencia de clase y convertirse en una mujer independiente en un siglo tan poco dado a ello como el XIX, cuenta con adaptaciones cinematográficas desde que nació el arte de hacer películas. La más recordada es “Alma Rebelde”, de los años 40, con Joan Fontaine y Orson Welles, pero siendo un libro básico de la literatura inglesa, “Jane Eyre” también ha contado con excelentes adaptaciones televisivas de la BBC; algunas de ellas tan recientes como la que interpretó Toby Stephens en 2007. Y eso sin olvidar la versión de Zeffirelli, también para el cine, que se estrenó en 1996.
Por lo que presuponemos que este nuevo intento del director Cary Fukunaga parte de la base de ofrecer algo más moderno. Un toque nuevo o más juvenil, elemento que parece haber sido decisorio a la hora de preparar el casting de la actriz Mia Wasikowska como Jane Eyre y de Michael Fassbender como el señor Rochester. Ambos personajes, especialmente el de Rochester, son mucho más jóvenes en esta versión que lo que encontramos en la novela de Brönte y la voluntad por presentar una fotografía oscura, llena de matices siniestros, hacen presagiar que esta versión va a ser la más gótica de todas. Elementos violentos como el golpe en la cabeza de Jane cuando es niña o la crudeza de algunas escenas en el orfanato, otorgan cierta esperanza de que la función va a aportar algunos toques adultos que desde luego no chirrían en una historia tan avanzada para su época como la que se nos cuenta. Por desgracia todo esto queda pronto en agua de borrajas y a la media hora o así, Fukunaga pone el piloto automático y se dedica a dirigir la enésima versión clónica de la novela, sin apenas matices diferenciadores ni más emoción que la que se desprende del texto original. Además de pasar de puntillas por muchos de los momentos más interesantes del libro, como la mencionada estancia en el orfanato, que muestran una realización de prisa y corriendo para intentar contar todo lo que se pueda sin pasarnos de metraje y, por desgracia, sin profundizar demasiado en los personajes más allá de algunos interesantes primeros planos.
Puede que tenga mucho que ver en ese tono insípido la interpretación protagonista de la Wasikowska. La actriz que ya derrochó sosería en su papel de la “Alicia” de Tim Burton aquí vuelve a desplegar su recital de mohines aburridos y actuación somnolienta, demostrando una química casi nula con su amado Rochester, interpretado por un Michael Fassbender que, ahora sí, consigue llevarse toda la poca gloria de este “remake” casi telefilmesco de “Jane Eyre”. Si despertamos del letargo que provoca la plana realización de Fukunaga es gracias a los destellos de genialidad del actor, que a pesar de su juventud para el papel, consigue reflejar todo el tono fatuo, arrogante y a la vez trágico del señor Rochester. Aparte de esta gran ventaja, el film aporta otras bondades como la excelente fotografía y un diseño de producción y decorados realmente meritorios. Lástima que todo se quede en bonitas imágenes de postal sin verdadera entidad, en lugar de intentar hacer algo al menos un poco distinto que no sea la plasmación en imágenes, ahora digitales, de una historia que a estas alturas nos sabemos de memoria.





domingo, 4 de marzo de 2012

MISIÓN IMPOSIBLE: PROTOCOLO FANTASMA


Miguel Ángel Villalobos





CUARTA MISIÓN… SI DECIDE ACEPTARLA

A pesar del misticismo de haber sido una serie televisiva de gran audiencia en los años sesenta, pocos podían augurar que la saga “Misión Imposible” iba a tener tan larga vida en cine, además con un nivel más que aceptable de continuismo y calidad a pesar de haber contado ya con cuatro directores distintos en cada una de las entregas. Todo ello es debido sin duda a la implicación de la estrella principal: un Tom Cruise emperrado en facturarse su propia saga “a lo James Bond” para su mayor lucimiento acrobático e interpretativo. Si bien en la primera entrega Brian De Palma sentó las bases de la versión fílmica de la serie que protagonizara Martin Landau –efectos especiales a porrillo, explosiones absurdas, artes marciales y algunas exageraciones inverosímiles-, cada realizador ha aportado su propio toque a la franquicia. Sin embargo, en esta cuarta parte la identidad autoral se diluye un poco a favor del simple y directo espectáculo.
A pesar de contar tras las cámaras con un gran director, –aunque del cine de animación, suyas son “Ratatouille” y la magnífica “El Gigante de Hierro”-, Brad Bird, “Misión Imposible: Protocolo Fantasma” sigue bastante fielmente el esquema de la tercera parte, quizás debido a que el productor es el director de la anterior: JJ. Abrams, que nos maravilló el pasado verano con “Super 8”. A pesar de la soledad del personaje de Cruise, Ethan Hunt, en las primeras partes, parece que la voluntad es crear un grupo de espionaje lleno de personajes carismáticos que arropen al protagonista de la función. De ahí la aparición recurrente de Simon Pegg como alivio cómico y las tramas cada vez más corales, añadiendo a actores actualmente en alza como Jeremy Renner. En esta nueva aventura, el equipo del FMI que lidera Cruise se enfrenta a su desintegración, después de ser falsamente acusados de poner una bomba en el Kremlin. El agente lleno de recursos tendrá que reunir lo que queda en pie de la organización y limpiar la reputación de su grupo, en una misión que le llevará por todo el mundo en una espiral de violencia creciente que Bird dirige con un pulso intachable. Es quizás la entrega que más le debe al esquema de los films de 007, dado que la imparable trama lleva a los personajes de Moscú a La India, pasando por Dubai. Todo este despliegue de localizaciones exóticas le otorga mucha más variedad a las escenas de infiltración y a las de pura y simple acción. Todas ellas impecables. Y si a eso le añadimos los clásicos momentos de espionaje, con disfraces y “gadgets” mecánicos propios del almacen de Bond –como esos guantes electrónicos que se pegan a los cristales y que servirán para escalar un rascacielos-, no hay duda de las referencias que manejan los artífices de la película.
Si en la entrega dirigida por Abrams lo que dominaba el film era cierto sentimiento melancólico y familiar del personaje de Ethan Hunt, en esta nueva entrega todo ello se sustituye por un sentido del humor socarrón, auto-referencial y casi constante. Sexys asesinas a sueldo, persecuciones, espectaculares fugas de cárceles. No hay que buscar grandes mensajes ni profundidad alguna, sino dejarse llevar por una montaña rusa cada vez más imposible –nunca mejor dicho- de creer. Pero lo hacemos porque ese es el juego. Desde una persecución en medio de una tormenta de arena del desierto que culmina con un coche volando y que pasa rozando al protagonista en su caída, hasta esa pelea espectacular en medio de una fábrica llena de coches que suben y bajan en tarimas flotantes. Todo es un más difícil todavía, estilo videojuego, que deja un buen sabor de boca si se sabe de entrada lo que nos vamos a encontrar. Puros fuegos artificiales. Y las palomitas que no falten, claro.



sábado, 3 de marzo de 2012

EL GATO CON BOTAS

Miguel Ángel Villalobos




NO HAGÁIS ENFADAR AL GATITO

Desde que El Gato con Botas robó la función a Shreck, asno y compañía en la segunda parte de las iconoclastas aventuras del ogro verde, se han oído rumores sobre una película en solitario de este personaje –un “spin-off” como se dice por allí-, que le otorgara el protagonismo que requería. Hay que reconocer que las aventuras de “Shreck” bajaron en calidad desde ese segunda parte y si en algo fueron soportables la tercera y cuarta parte, fue gracias a los chascarrillos, maullidos y ojos embobados del felino en cuestión. Por supuesto, este rol secundario no hubiera llegado mucho más lejos de no ser por el doblaje de Antonio Banderas en una creación que hizo totalmente suya y para el cual exageró su acento de Málaga de una forma que solo se puede calificar de hilarante. Imposible no esbozar al menos una sonrisa –si no directamente reír a carcajadas- cada vez que el minino abría la boca en la saga animada de Dreamworks. Y por supuesto eso se mantiene en esta primera aventura dedicada enteramente a su carisma y gracejo.
Banderas se acompaña por las voces de Salma Hayek y Guillermo del Toro (ambos se han doblado en castellano también) mientras que para el otro papel protagonista de la historia, ese huevo humano llamado Humpy Dumpty –que han tomado prestado de la “Alicia” de Lewis Carroll- pone su voz en original el emergente Zack Galifianakis, directamente salido de la serie “Resacón en las Vegas”. Por supuesto no hay que esperar una gran historia llena de ingeniosos giros y profundos temas, sino un simple vehículo mezcla de comedia y acción simplistas para que el gato se luzca con todo su repertorio de exclamaciones, ronroneos, bailes, luchas a espada y chistes a discreción. El que aprecie el trabajo de Banderas se lo pasará en grande, el que busque algo más aparte de eso quizás salga decepcionado. La trama incluye una tópica búsqueda de un tesoro en las nubes para lo cual serán necesarias las habichuelas gigantes del cuento. En un flashback quizás demasiado largo, se nos cuenta la relación de amistad-odio entre el gato y Dumpty, personaje con algo de “chicha”, que pretende ser el eje emocional de la película y que al final es confuso como él solo. Al igual que el “interés amoroso” del protagonista, una gatita ladrona con máscara –al más puro estilo Catwoman- con acento mexicano e irrefrenables tendencias cleptómanas. Todos sirven únicamente un propósito: ser meros comparsas del gato andaluz.
Por supuesto que técnicamente la película aprueba con nota. Las escenas de acción son trepidantes y los efectos de ordenador son realistas, a pesar de la expresa intención de darle a todo un toque caricaturesco afín a lo que se nos está contando. El matrimonio de asesinos formado por Jack y Jill forma parte de algunos de los mejores momentos cómicos, mientras discuten sobre la posibilidad de tener un bebé y conducen un carro mortal lleno de trampas estilo “steampunk”. La adición de ciertos elementos de humor absurdo son también bastante refrescantes, así como el duelo de danza entre el Gato y su “partenaire”, el viaje a través de las nubes o las persecuciones del minino huyendo de la justicia de su pueblo; evocando una vez más a “El Zorro”, el personaje más famoso de Banderas en América y del que el gato ha sido siempre una especie de parodia. En definitiva, todo se reduce al gato y a sus diálogos, que son los que sostienen toda la película. La cual hará pasar un buen rato a quien busque un entretenimiento sano y libre de pretensiones.