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| Miguel Ángel Villalobos |
AL BORDE DEL SUICIDIO
O al menos así se siente uno durante la mayor parte del metraje de este bodrio. Estamos ante un nuevo caso de película mayormente alimenticia y apoyada desde las productoras debido a que tiene una premisa que, a priori, parece original para intrigar a la platea. Un hombre tiene que probar su inocencia en el feo asunto del robo de un diamante. Y no se le ocurre otra cosa al chaval que hacerse pasar por suicida en uno de los edificios más visibles de la gran manzana para que mientras que atrae a los medios y a la policía de toda la ciudad a ocuparse de sus monerías sobre la cornisa, su hermano y su novia -la del hermano- se infiltren en el edificio "Top-Security" del malvadísimo magnate que le acusó injustamente -que para más inri esta justo al otro lado de la calle- y así probar que lo del diamante no fue cosa suya. Este curioso plan (propio de un retrasado mental), le dará tiempo a su hermano para soltarle dos o tres chistecitos a su novia durante el metraje, conseguirá que él mismo le ponga ojos tiernos a la agente de policía "negociadora con suicidas" a la cual ha escogido personalmente para que trate con él, y hará salir de su escondrijo al malévolo empresario culpable de toda la verbena. Y con esta chorrada de argumento ya tenemos montada la película, por llamarla de alguna forma.
A todo esto no podemos más que quitarnos el sombrero ante la presencia de la estrella, Sam Worthington. Y digo esto porque hay que alabar a este intérprete: probablemente el actor más mediocre, aburrido e insufrible del Hollywood actual, capaz de conseguir dos puntos menos de expresividad que un indio de madera en cada plano, y que, a pesar de ello, es uno de los "artistas" más taquilleros y solicitados del panorama actual. Eso tiene mérito. Una buena prueba de, por este orden, la suerte que tienen algunos, la miopia de productores y espectadores y, en definitiva, de la decadencia del cine de nuestros días. Worthington puede estar contento, aburrido, asustado o cabreado que su imperturbable gesto es el mismo en todo el metraje, para alegría -suponemos- de su maquillador, que tiene que retocarle poco. A su lado, un repertorio de actores de prestigio tirando el idem por el retrete para cobrar las necesarias nóminas al final de rodaje. A saber; un Jamie Bell haciendo de ligón heroico a pesar de sus notorias orejas de soplillo, un Ed Harris cuyas capacidades interpretativas, a la par que su rostro, se están acercando por momentos a una inquietante momificación y un Ed Burns repitiendo su clásico papel de "Soy canallesco y sarcástico, pero entrañable a la vez" que tan bien le sale.
Por supuesto, las chicas son floreros lamentables con dos casos opuestos a destacar: la co-protagonista, Elizabeth Banks, decidida y carismática, pero que acaba supeditada a la hombría de Worthington -y haciéndole mohínos de quinceañera enamorada- y la novia del personaje de Bell, interpretado por una Genesis Rodriguez unicamente destinada a despertar la libido del personal masculino. De un escote de vértigo en el primer tercio del film, pasamos a un traje de cuero ajustado que -sí, amigos-, se embute delante de la cámara ante la atenta mirada de los espectadores y de su novio, que al ver sus curvas tapadas con unos someros sujetador y bragas, no puede evitar comentar "Nena, eres una obra maestra". Sin duda la frase más inteligente de todo el guión. En cuanto a otras chirigotas de la trama -podría decir muchas pero me quedo sin espacio-, hay que destacar sin duda el momento en el que el hermano y la buenorra necesitan reventar una puerta con una bomba, sin llamar la atención, claro. Así que el prota, desde su cornisa, hace como que se va a caer "¡¡Ay que me tiro, que voy, que voy!!" y el público asistente, policía incluida -con su tasa de efectivos, coches patrulla, helicópteros...- se le quedan mirando y nadie se da cuenta de la susodicha explosión en el edificio de enfrente. En fin, "Nena, eres una obra maestra". Algo que, evidentemente, no podemos decir de esta aburrida, ridícula, absurda y tremendamente mal rodada película, más propia para ejercer de telefilm de los domingos a las cuatro que para ser exhibida en una pantalla de cine. Aunque, visto el percal...
A todo esto no podemos más que quitarnos el sombrero ante la presencia de la estrella, Sam Worthington. Y digo esto porque hay que alabar a este intérprete: probablemente el actor más mediocre, aburrido e insufrible del Hollywood actual, capaz de conseguir dos puntos menos de expresividad que un indio de madera en cada plano, y que, a pesar de ello, es uno de los "artistas" más taquilleros y solicitados del panorama actual. Eso tiene mérito. Una buena prueba de, por este orden, la suerte que tienen algunos, la miopia de productores y espectadores y, en definitiva, de la decadencia del cine de nuestros días. Worthington puede estar contento, aburrido, asustado o cabreado que su imperturbable gesto es el mismo en todo el metraje, para alegría -suponemos- de su maquillador, que tiene que retocarle poco. A su lado, un repertorio de actores de prestigio tirando el idem por el retrete para cobrar las necesarias nóminas al final de rodaje. A saber; un Jamie Bell haciendo de ligón heroico a pesar de sus notorias orejas de soplillo, un Ed Harris cuyas capacidades interpretativas, a la par que su rostro, se están acercando por momentos a una inquietante momificación y un Ed Burns repitiendo su clásico papel de "Soy canallesco y sarcástico, pero entrañable a la vez" que tan bien le sale.
Por supuesto, las chicas son floreros lamentables con dos casos opuestos a destacar: la co-protagonista, Elizabeth Banks, decidida y carismática, pero que acaba supeditada a la hombría de Worthington -y haciéndole mohínos de quinceañera enamorada- y la novia del personaje de Bell, interpretado por una Genesis Rodriguez unicamente destinada a despertar la libido del personal masculino. De un escote de vértigo en el primer tercio del film, pasamos a un traje de cuero ajustado que -sí, amigos-, se embute delante de la cámara ante la atenta mirada de los espectadores y de su novio, que al ver sus curvas tapadas con unos someros sujetador y bragas, no puede evitar comentar "Nena, eres una obra maestra". Sin duda la frase más inteligente de todo el guión. En cuanto a otras chirigotas de la trama -podría decir muchas pero me quedo sin espacio-, hay que destacar sin duda el momento en el que el hermano y la buenorra necesitan reventar una puerta con una bomba, sin llamar la atención, claro. Así que el prota, desde su cornisa, hace como que se va a caer "¡¡Ay que me tiro, que voy, que voy!!" y el público asistente, policía incluida -con su tasa de efectivos, coches patrulla, helicópteros...- se le quedan mirando y nadie se da cuenta de la susodicha explosión en el edificio de enfrente. En fin, "Nena, eres una obra maestra". Algo que, evidentemente, no podemos decir de esta aburrida, ridícula, absurda y tremendamente mal rodada película, más propia para ejercer de telefilm de los domingos a las cuatro que para ser exhibida en una pantalla de cine. Aunque, visto el percal...



