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| Miguel Ángel Villalobos |

BESSONISMO
DESATADO
Encontramos
en la cartelera actual un par de películas bastante interesantes y dignas, como
el último trabajo de Wes Anderson, de nuevo con el gran Bill Murray al frente,
o “Hysteria” una radiografía cómica de la invención del consolador en la
Inglaterra victoriana. Por desgracia me tocó “disfrutar” de la última patochada
producida por Luc Bessom, ese director que últimamente pasa más tiempo
sugiriendo argumentos y produciendo bodrios de acción –“Colombiana” fue el
último que comentamos por aquí- que sentado en la silla de dirección. Tras
conseguir grandes éxitos de taquilla con su sagas de “Venganza”, “Taxi” o
“Transporter”, Bessom continúa en “MS1: Máxima Seguridad” explotando todos los
tópicos del cine de acción “yanqui” –en la que nos ocupa modalidad
ciencia-ficción descerebrada-, elevándolos a la enésima potencia y facturando
guiones de fácil consumo y rápido olvido. Llenos de testosterona, chistes en
cada plano, machismo y conservadurismo desatado y, por supuesto, explosiones,
tiros, patadas, rotura de huesos y persecuciones a todo trapo.
Y
otra característica es la de conseguir siempre actores solventes, famosos
aunque no primerísimas figuras, y con un cierto punto de “dispuestos a todo
porque hace tiempo que mi carrera no da pie con bola”, en el que en esta
aventura futurista encontramos a Guy Pierce. Ese buen actor que hace unos años
dijo “Nunca haré una película de superhéroes, eso son chorradas” y que, no
contento con aceptar protagonizar esta patochada que nos ocupa, en unos meses
se pone a rodar “Iron Man 3”. La crisis -¡Ay!- no respeta a nadie. En este film
se dedica a copiar el modelo de justiciero cachondo y durísimo a lo “Masacre”,
convirtiendo su papel en una sarta de chistes continua en la que prácticamente
no dice una sola frase con tono serio. La precariedad de algunos de sus
chascarrillos deja a las claras el poco esfuerzo “guionístico” de la propuesta,
que además junta una historia de rescate interplanetario en una prisión de
máxima seguridad en pleno motín y con la mismísima hija del presidente retenida
por unos reclusos absolutamente aberrantes. Los malos son todos
desequilibrados, feos e imbéciles hasta decir basta y las escenas de acción un
completo aturullo en el que no se sabe en ningún momento quién diablos está
pegando (o disparando) a quien.
Eso es consecuencia
también de la pésima dirección de James Mather y Stephen Leger –Sí, han hecho
falta dos personas para dirigir esto-, que se dedican a mover la cámara a
velocidad de ametralladora y acercándola lo más posible al eje de la acción
para que no nos enteremos de nada. Si unimos eso a una estética feísta mal
entendida y a unos efectos especiales más propios de una teleserie fantástica
española, pues el despropósito ya se desborda de forma inmisericorde. Las
escenas de pelea en distintos escenarios como un ventilador gigante, una
habitación cerrada por dentro o el núcleo de la cárcel futurista –como una
vulgar “Celda 211” pero en versión fantasía cutre- se solapan unas con otras y
como se te ocurra pestañear es posible que pierdas algo de una trama por lo
demás directamente fusilada de clásicos del género como la saga de “Snake
Plissken” de John Carpenter. Lástima que copiar no es lo mismo que homenajear,
sobre todo si se hace con la poca gracia, clase y estilo de este producto
meramente alimenticio. Una buena forma para perder una tarde de forma absurda.

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