martes, 26 de junio de 2012

MS1: MAXIMA SEGURIDAD

Miguel Ángel Villalobos



BESSONISMO DESATADO

Encontramos en la cartelera actual un par de películas bastante interesantes y dignas, como el último trabajo de Wes Anderson, de nuevo con el gran Bill Murray al frente, o “Hysteria” una radiografía cómica de la invención del consolador en la Inglaterra victoriana. Por desgracia me tocó “disfrutar” de la última patochada producida por Luc Bessom, ese director que últimamente pasa más tiempo sugiriendo argumentos y produciendo bodrios de acción –“Colombiana” fue el último que comentamos por aquí- que sentado en la silla de dirección. Tras conseguir grandes éxitos de taquilla con su sagas de “Venganza”, “Taxi” o “Transporter”, Bessom continúa en “MS1: Máxima Seguridad” explotando todos los tópicos del cine de acción “yanqui” –en la que nos ocupa modalidad ciencia-ficción descerebrada-, elevándolos a la enésima potencia y facturando guiones de fácil consumo y rápido olvido. Llenos de testosterona, chistes en cada plano, machismo y conservadurismo desatado y, por supuesto, explosiones, tiros, patadas, rotura de huesos y persecuciones a todo trapo.

Y otra característica es la de conseguir siempre actores solventes, famosos aunque no primerísimas figuras, y con un cierto punto de “dispuestos a todo porque hace tiempo que mi carrera no da pie con bola”, en el que en esta aventura futurista encontramos a Guy Pierce. Ese buen actor que hace unos años dijo “Nunca haré una película de superhéroes, eso son chorradas” y que, no contento con aceptar protagonizar esta patochada que nos ocupa, en unos meses se pone a rodar “Iron Man 3”. La crisis -¡Ay!- no respeta a nadie. En este film se dedica a copiar el modelo de justiciero cachondo y durísimo a lo “Masacre”, convirtiendo su papel en una sarta de chistes continua en la que prácticamente no dice una sola frase con tono serio. La precariedad de algunos de sus chascarrillos deja a las claras el poco esfuerzo “guionístico” de la propuesta, que además junta una historia de rescate interplanetario en una prisión de máxima seguridad en pleno motín y con la mismísima hija del presidente retenida por unos reclusos absolutamente aberrantes. Los malos son todos desequilibrados, feos e imbéciles hasta decir basta y las escenas de acción un completo aturullo en el que no se sabe en ningún momento quién diablos está pegando (o disparando) a quien.
Eso es consecuencia también de la pésima dirección de James Mather y Stephen Leger –Sí, han hecho falta dos personas para dirigir esto-, que se dedican a mover la cámara a velocidad de ametralladora y acercándola lo más posible al eje de la acción para que no nos enteremos de nada. Si unimos eso a una estética feísta mal entendida y a unos efectos especiales más propios de una teleserie fantástica española, pues el despropósito ya se desborda de forma inmisericorde. Las escenas de pelea en distintos escenarios como un ventilador gigante, una habitación cerrada por dentro o el núcleo de la cárcel futurista –como una vulgar “Celda 211” pero en versión fantasía cutre- se solapan unas con otras y como se te ocurra pestañear es posible que pierdas algo de una trama por lo demás directamente fusilada de clásicos del género como la saga de “Snake Plissken” de John Carpenter. Lástima que copiar no es lo mismo que homenajear, sobre todo si se hace con la poca gracia, clase y estilo de este producto meramente alimenticio. Una buena forma para perder una tarde de forma absurda.

lunes, 11 de junio de 2012

AMERICAN PIE EL REENCUENTRO

Miguel Ángel Villalobos









TRADICIÓN AMERICANA

No se puede negar que la idea es buena. Hacer una reunión de todo el reparto original de “American Pie”, aprovechando las míticas reuniones de instituto que tanto juego han dado en la cinematografía de los States. Por supuesto que la trilogía original tenía sus altos y sus bajos, pero en general contiene algunos de los momentos más hilarantes que se han visto en cualquier saga cómica reciente, y siempre mantuvo un toque transgresor que nunca viene mal. Chistes groseramente sexuales y situaciones chuscas de gran acierto cimentaron las aventuras de Jim y su grupo de amigos –casi todos ellos con una personalidad bien definida- en tres películas cuyo punto climático fue la boda del mencionado Jim. La nostalgia sigue vendiendo, no hay más que ver la cartelera de cine cualquier día del año, así que el retorno de los actores originales augura taquilla y la posibilidad de ver cómo se encuentran ellos y sus personajes. Prácticamente ninguno ha conseguido excesiva fama más allá de esta saga. Mena Suvari despegó fuerte con “American Beauty” para después pasar a los telefilms de los domingos, y Jason Biggs llegó a trabajar incluso con Woody Allen. Mientras que Sean William Scott compagina su trabajo como Stiffler con el de errático secundario cómico y Tara Reid tuvo una época de ser más famosa por sus operaciones de estética y algunos escándalos en la prensa del corazón que por su –casi inexistente- carrera artística. Todos los demás desaparecieron en el aire.

La cuestión es –aparte de ver a cuál de ellos se le nota más la edad- saber si los productores y realizadores del artefacto que nos ocupa se han currado una historia que esté a la altura del buen recuerdo que guardamos muchos de aquellas comedietas, tan americanas y sensibleras pero a la vez tan guarras y desagradables. Y la prueba la pasan con un aprobado justito. Hay que reconocer que ninguno de los involucrados en “American Pie: La Reunión” ha pretendido inventar la pólvora, acabar con la crisis o salvar las ballenas con su trabajo en la cinta, por lo que el resultado peca de cierta sosería solo salpicada con algunos momentos de verdadera chispa. Todo es previsible en la versión actual de los personajes, incluyendo a Jim convertido en un padre aburrido con dudas sobre si su matrimonio es lo que realmente quiere, mientras que su propio y mítico padre, ahora viudo, se piensa si dejar su toque conservador y soltarse el pelo tal como su hijo hacía en el comienzo de la saga. La primera media hora resulta algo cansina y de chistes sin excesiva gracia, que nos hacen temer lo peor -¡American Pie se merecía un comienzo mucho más explosivo!-, sin embargo poco a poco el film remonta y recupera el espíritu de los primeros films con “sketches” verdaderamente hilarantes, sobre todo los que incluyen a Jim y su reencuentro con la niña a la que hacía de canguro (hoy convertida en una mujer de bandera con ganas de marcha) o a Stifler y su forma de… de ser Stifler, vaya. Es el único que no ha cambiado y sus toques de gamberrismo descerebrado siempre son bienvenidos.

El supuesto toque crepuscular y esa especie de voluntad por dar un mensaje “profundo” (jajaja) sobre la madurez y el dejar de hacer la cabra a ciertas edades, es por supuesto solo un apunte superficial dentro de la chirigota que domina toda la película. El toque moralista y los diálogos lacrimosos entre padre e hijo vuelven a invalidar el conjunto una vez más, pero lo aceptamos porque eso suele ser parte de la franquicia. Al fin y al cabo lo único que queríamos era ver en pantalla a todos esos casposos personajes –incluyendo los más secundarios, como el “Sherminator” o la madre de Stifler- y que aparezcan, aunque sea brevemente, para soltar su frase habitual y arrancar ovaciones en pie del público. Como es mi favorito no puedo dejar de mencionar al gran Finch, del cual aquí descubrimos que en el instituto se puso a traducir a Dostoyevski al latín, solo porque le apetecía. Situaciones de vergüenza ajena y bromas lujuriosas. La verdad es que tampoco esperábamos mucho más. Como final de la saga “American Pie” resulta bastante irregular, aunque algunas escenas acaban salvando el conjunto. Como entretenimiento para una tarde aburrida no está nada mal, especialmente si se entra en el juego y si eres un nostálgico empedernido.






BLANCANIEVES Y LA LEYENDA DEL CAZADOR

Miguel Ángel Villalobos




BATIBURRILLO INFAME PARA MENTES DÉBILES

Analicemos de nuevo un estreno de moda, porque además en este hay bastante tela que cortar. Tras haber sufrido hace unos meses la infantiloide y estúpida “Blancanieves” de Tarsem Singh, ahora toca pasar por la tortura de una nueva versión del clásico cuento. Y si aquella parecía más dirigida para menores de siete años y parejitas en busca de dulzor romántico, esta nueva “Blancanieves y la leyenda del Cazador” está milimétricamente diseñada para ser un estreno fuerte para el verano que atraiga, por encima de todo, al público adolescente que pierde su tiempo con chorradas como “Crepúsculo” y mezclarlo con otras sagas juveniles que pueden interesar también a los adultos, caso de “El Señor de los Anillo” o “Harry Potter”. ¿Y cómo hacemos esto? Con simple y puro plagio estético y argumental. Con una trama que viene a ser la misma historia de Blancanieves de toda la vida, el debutante –y verdísimo- director Rupert Sanders coge la batuta de un film gestado y desarrollado en la mesa de los productores con la única expectativa de coger cuantos más billetes mejor. Independientemente del resultado artístico. Por supuesto no hay nada en todo el metraje que sugiera que esto es una versión más oscura y adulta del cuento –como si lo fue la versión de Sigourney Weaver de los noventa-, sino que todo el toque siniestro es simplemente adornos de negro sobre una tarta de rosado azúcar.

Todo en la película es equivocado, muy equivocado. Ni hay una verdadera atmósfera ni un diseño de escena coherente –pasamos de claroscuros góticos a bosquecitos dulzones en cuestión de segundos-, ni una progresión fluida de acontecimientos, dado que todo es, además de tópico, aburrido y sin chispa. Además el guión es poco más que el cuento clásico de los Grimm adornado con batallitas directamente extraídas de la tierra media y una hechicera mezcla de Voldemort y Cruella de Vil. Y hablando de ella, Charlize Theron –que a priori era lo único interesante del film- pasea palmito con trajes a cada cual más hortera y construye su personaje a base de sollozos gratuitos y arranques de mala pécora. Su presencia está totalmente desaprovechada hasta el punto que parece un cameo, con su hermano malvado cogiendo casi más protagonismo que ella. Imposible reprimir una carcajada cuando el “espejito, espejito” informa a la aviesa reina que Blancanieves la va a superar en belleza, cuando resulta que Blancanieves está interpretada por la insípida, absurda, anti carismática y fea Kristen Stewart, contratada con la única intención de atraer a los fans de la repulsiva saga de los vampiritos “gayers” y recaudar más dinero. Yo soy la reina y devuelvo el espejo al Ikea, por defectuoso. El lamentable papel de la Stewart nos hace preguntarnos cómo es posible que en el entramado de Hollywood –en el que trabajan cientos y cientos de productores, directores de casting, productores etc…- se piense que esta pánfila de los veinte duros puede llevar el peso de una película. Verla mirar al infinito con su bizquera y su boca eternamente abierta en una expresión “borderline” llega a ser casi doloroso en algunas escenas. Especialmente al final, cuando emulando a la “Alicia” de Tim Burton –vaya tela esa también- se viste con una armadura, lidera a un ejército y entra en guerra dando mandobles a diestro y siniestro, cuando no ha sido entrenada en ninguna de esas disciplinas en toda la película. Surrealismo infame.

Así pues tenemos batallitas “anilleras”, una de ellas incluyendo un orco –un buen diseño de bicho, despachado en dos minutos- un poco de cámara lenta para los fans de la serie “Espartaco” y actores que parecen muñecos deambulando por la historia sin rumbo fijo. Chris Hensworth repite su papel de Thor, al que añade algunos toques propios de Conan (y que, cuando menos te lo esperas, puede soltar un discurso más azucarado que los de Meg Ryan) y ya tenemos ¿personaje? La aparición del espíritu del bosque en forma de ciervo hiper-cornudo es un rastrero plagio de “La Princesa Mononoke”. Hay también una especie de tensión de trío amoroso entre el príncipe, Blancanives y el cazador (quizás intentando evocar las famosas estupideces de la Stewart con el vampiro y el lobito), pero al igual que con el resto de elementos argumentales es casi de adorno, sin profundizar en el tema lo más mínimo. Todo en el guión es rutina y desgana de unos autores y actores que ni ellos mismos se creen lo que están haciendo. Lo único salvable es alguna escena en la que intervienen los enanos –que son todos ellos grandes actores ingleses cuyas cabezas han sido insertadas digitalmente en cuerpos de gente pequeña-, pero ellos también están desaprovechados, hasta el punto que la importancia de su intervención se reduce a… ¡¡Abrir una puerta!! Cuando lo vi no me lo creía. Una batalla aburrida, una lucha final con la bruja totalmente anticlimática  y un epílogo de vergüenza ajena terminan coronando una espectacular montaña de desechos químicos que, eso sí, seguro que consigue recaudar billetes a porrillo. Y es que en una época en la que cada vez se reduce más en educación, más mentes débiles podrán llenar las salas y entregar su dinero a la nada más absoluta.